sábado, 30 de mayo de 2015

La psícofonia de David

David F, en esta ocasión omitiremos su apellido por expreso pedido del  interesado, vive en Portol, Marratxi. La vieja casona de dos plantas desemboca en una calle principal,  impensable para los amantes del feng shui. Cuenta con pequeñas ventanas verdes en la parte superior, una portaza milenaria del mismo color y sus amplias habitaciones interiores son frescas en verano, con largos pasillos que terminan el un inmenso patio junto al aljibe primordial.
Un gran ecosistema de plantas domina el centro del patio interior, en especial una higuera centenaria que nadie sabe bien el tiempo que lleva en la familia. El abuelo Antonio incluso comentó que la higuera estaba antes de la construcción de la casa, pero Antonio ya tiene más 80 años y muchas veces su anecdotario histórico no es tan fiable como solía ser.
Volviendo a David, este siempre se había sentido más que atraído por el tema de las psicofonías. En la época, hablamos de mediado de los ´80 cuando ocurrieron los hechos, no era tan fácil como hoy acceder a la información, lo que se encontraba sobre estos temas era más bien poco y siempre debía recurrir a prensa extranjera. Pero David había encontrado varios libros de Germán de Argumosa que dispararon más su entusiasmo si cabe.
Una mañana de sábado de julio, armado con una moderna grabadora Cassette de marca muy conocida en esa época y en compañía de dos amigos salieron en busca de un lugar especial, una casona abandonada, ruinas o algo parecido para poder poner a funcionar su pequeña grabadora a cinta de cinco teclas.
Como es de imaginar, el urbanismo no estaba tan saturado como hoy en día, y luego de caminar pocos minutos hacia el mismo campo dieron con una pequeña casa en ruinas, que dominaba el centro de un solar rústico. El sitio les pareció a los tres, sin excepción, el lugar ideal para el experimento gracias a la ausencia de viento y al silencio reinante a esa hora de la mañana, incluso recordarían que extrañamente no se escuchaban ni siquiera el canto de las aves.
La pequeña casa conservaba sus muros de mare carcomidos por el tiempo, sin puertas ni ventanas y con un techo derruido en la parte trasera.
Con mucho sigílo colocaron la grabadora sobre una piedra, cerca de lo que les pareció podía ser la antigua cocina de la casa, y presionaron el botón rojo del “record” mientras se alejaban lentamente del interior de la vivienda, tratando de no interferir en la grabación.
Cuando habían pasado aproximadamente unos veinte minutos, la cinta solo era de treinta, David decidió poner fin al experimento y pegar la vuelta a su casa donde escucharían tranquilamente la grabación.
El entusiasmo y el nerviosismo era máximo pero estaban un poco atemorizados por lo que podían escuchar, pero más aun por no haber podido grabar nada.
Se encerraron en una habitación y una vez retrocedida la cinta dieron al “Play”. Los primeros minutos no se escuchó nada, mas bien un sonido metálico y lejano como una interferencia. Cuando ya estaban desilusionados, convencidos que la experiencia había sido un total fracaso y transcurridos más de  quince minutos de grabación apareció el sonido oculto.
No fueron ni lamentos, ni voces, ni gritos, lo que surgió desde el interior del radio cassette fueron pasos, pasos que reverberaban como en un eco lejano, imaginaron que serian zapatos de mujer. Les vino la idea de una mujer que camina por una cocina ya inexistente en busca de cacharros para preparar la comida, y casi al mismo momento un chirrido terriblemente nítido como el que hacen las bisagras de una puerta mal lubricada al cerrarse. Sin pretenderlo los tres amigos sintieron que de alguna manera estaban escuchando una escena domestica que tuvo lugar en algún momento perdido del tiempo, un bucle atemporal que había quedado perdido en el éter de una casa que hoy no tenia puertas ni ventanas y estaba a medio derruir.
David recuerda que nunca volvieron a repetir esta ni ninguna prueba parecida, pero que la impresión que les causo esta simple grabación fue tal que incluso hoy ninguno de los tres amigos quieren hablar del tema. Son concientes de que aquella mañana extrañamente silenciosa de julio, se asomaron por un instante a la ventana a un mundo desconocido, donde sus moradores aun caminan por sus casas demolidas, realizando sus tares habituales, preparando la comida para niños que ya no están y cerrando puertas que hace años dejaron de existir.





                                                                                                            Carlos Games Carrega

jueves, 12 de septiembre de 2013



Creí   por un   segundo que eras  la misma  persona que
deje aquella  noche,   al pie de una   farola  amarillenta,
con  lágrimas de   angustia  en  sus  ojos, bajo  una sutil
llovizna otoñal.
Pero no, me he vuelto a equivocar. 
Solo eres una representación de mis recuerdos, un placebo de mi alma.
No  somos   los   mismos,  solo   desconocidos   cercanos, 
que   por  esas  casualidades  se   han   cruzado  en  otro
parque  triste,  otra  noche  de   lluvia,  con  un  perfume 
a tierra  mojada   que  sabe   nostálgicamente   parecido


 

sábado, 7 de septiembre de 2013

Tu mirada


Según los Físicos el color es el resultado de las ondas reflejadas del espectro electromagnético, al incidir sobre un determinado objeto. Es por ello que no quiero apagar la luz, no vaya a ser que ese almendrado intenso de tus ojos salpicado por chispas de café dulce, solo sea una ilusión del influjo de tu alquimia...

viernes, 13 de abril de 2012

Danza de números

Esta confirmado, el dieciocho es mi número de la mala suerte.
No es el tres, esquivo y frió y que solo en algunas ocasiones  me acerca esas escasas alegrías a la hora de terminar la jornada laboral.
Tampoco es el siete, ese número “aguafiestas”, el del despertador, el del sonido chirriante por las mañanas frías y húmedas, apocalíptico, celestial para los adoradores del Mesías, demoníaco para algunos otros mortales.
Tampoco es el diez, aunque lo veo con algo de cariño, número mágico de mitad de jornada, hora de café y descanso, de merienda para algunos de almuerzo para otros. Tampoco le guardo ninguna rara manía al cinco, ningún afecto especial, solo es el número del recuerdo, el de la niñez, de la taza de leche con chocolate y tostadas con mermelada cacera. El número de la hora de los dibujos animados en  aquel aparatoso televisor en blanco y negro que emitía más rayas que imágenes.
El dieciocho es mi número fatídico, decididamente deplorable. Las dos cifras se unieron azarosamente cuando aquellas dichosas bolas malditas escogieron la terminación de mi documento entre cientos,  miles, millares. Y fui llamado a filas, al último año del servicio militar obligatorio.
Dieciocho fueron las veces que caí de la bicicleta, por que las conté y las memorice, antes de aprender a manejar el dichoso bípedo neumático sin ruedines auxiliares. Dieciocho estrellas aprendí a contar de pequeño no logrando recordar que número continuaba, hasta allí llegaba mi memoria infantil de pez.  Marcaba una a una con mi dedo las bolas de gas distantes en el universo, en esas sofocantes noches de verano tumbado bajo el firmamento. Pero luego despertaba con escalofríos  al soñar que unas ampollas malditas nacían en las puntas de mis dedos. Cuentos que las abuelas juraban que sucedían si señalabas los astros con las puntas de los dedos y otras más macabras aún que ya casi ni recuerdo.
Me podría entusiasmar el ocho, sinónimo de infinidad, líneas que se entrelazan en una hipérbole perpetua, alegria que se dibuja en mi rostro cuando lo observo los sábados por la mañana, mustio en el despertador, dormido, sabedor de que allí se quedara olvidado y sin prisas hasta la fatídica mañana del lunes.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Las puertas del Camino del Infierno. San Salvador de Felanitx.

Pese a lo que muchos puedan imaginar las puertas del camino del infierno no son nada espectaculares, no se hallan revestidas con restos de humanoides demoníacos al mejor estilo de las pinturas medievales. No hay cabezas de bestias destrozadas e incrustadas en sus pútridas maderas milenarias, que parecen miran desde los huecos de sus calaveras a los incrédulos visitantes que se acercan. Tampoco se desata tras su lúgubre apariencia el sonido aterrador de aullidos y lamentos infernales, al mejor estilo de los montajes de “You Tube”.
Estas puertas a las que me refiero se encuentran dentro de las entrañas  del Monasterio y Santuario de San Salvador, en Felanitx.
Dejando atrás la típica entrada en arco de piedra y las paredes que parecen haber padecido el desenlace de mil batallas, el visitante se sumerge en una bóveda blanca de mare, con los clásicos cuadros y relicarios ya mustios en color sepia que han soportado como han podido el paso de los siglos.
Al cruzar el patio principal se aprecia la pequeña iglesia, remodelada en los últimos años y que arremete nuestros sentidos con la fuerza del fuerte olor a madera y humedad, y de los cadáveres de millones de ácaros comprimidos, encapsulados, como si de un  viaje en el tiempo se tratara a un pasado hostil y olvidado.
La construcción del imponente macizo pétreo data de mediados del siglo XIV, en el cual se destaca esta sorprendente fortaleza erguida sobre la piedra del monte que lleva su nombre y que se eleva  a más de 494 metros de altura sobre el nivel de un  azul e hipnótico “mare nostrum”.
El aspecto defensivo de dicha construcción se achaca a  los terribles años de la peste negra que diezmaron casi toda la isla, al igual que el resto de Europa. Los constructores trataron de proteger el sacro lugar para alejarlo de tan abominable pestilencia.
Volviendo a nuestras puertas del camino del inframundo, pasando la escalerilla que lleva al restaurante aprovechado casi exclusivamente por los turistas extranjeros y dirigiéndonos hacia los baños públicos, podemos ver al final los tétricos portones de madera. Oscuros, húmedos, olvidados, con un pasador de madera al mejor estilo del medioevo y con una llave que parece ser el cadáver petrificado de una extraña criatura reptiloide.
La pequeña pegatina que cuelga de la llave identifica las puertas con su prolongado, pero decisivo apelativo. Más allá, lejos de la mirada de los visitantes, se extienden largos pasadizos con escasa luz, paredes que vomitan humedad calcárea, ventanas tapadas por una vegetación voraz y casi agresiva. Puertas pequeñas y destartaladas que conducen a cuartos también diminutos, abovedados, construidos con una piedra blanca como talco. La cual no parece soportar más el peso de las centurias y se desgaja como pan rallado. Las censillas celdas con diminutas ventanas acercan las imágenes distantes de un poblado de Felanitx que reposa en su siesta milenaria.
El llamativo nombre de tan antiguo pasadizo ha quedado sepultado en la noche de los tiempos. Quizás su maligno apelativo se haya fraguado durante las atrocidades cometidas en la guerra por la defensa de esa fe única y verdadera. O tal vez los monjes que pervivían entre estas mustias paredes soportaban a diario el castigo y el martirio auto impuesto como única forma de comunicación con su Dios.
Quizás, en algún tiempo olvidado, un romántico y joven fraile haya padecido en silencio su amor por alguna desdichada doncella de los poblados rurales colindantes. Un amor parecido a la más atroz de la torturas que durantes las largas e insoportables noches de invierno su pasión por el ser amado solo podía surgir de sus sueños, mutando a una pesadilla idílica imposible de soportar. En su soledad y el silencio más absoluto quizás nuestro joven amigo haya comparado su padecer con un viaje sin regreso atravesando las puertas del averno y zambulléndose por los caminos de aquel infierno, un olvidado, recóndito y desolado depósito de almas.